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    7 metros mide un edificio de dos plantas. Es el ancho del Guernica de Picasso. El sueño de cualquier saltador de pértiga, y la eslora de muchos de los barcos del puerto deportivo de Melilla. Un poco más allá, en la zona de carga, siete metros separan a más de una veintena de muchachos del paraíso, de la España soñada y buena, ésa en la que hay trabajo y arreglan papeles.

    Melilla tiene un problema. Lo dicen sus vecinos, los dueños de los comercios, la policía. Un problema joven, que come y duerme como puede y habla castellano con acento marroquí. En toda la ciudad, hay cerca de 300 jóvenes acogidos en centros de menores. Llegan desde los cuatro pasos fronterizos, Beni Anzar, Farhana, Barrio Chino o Mariguari, en los que burlan las medidas de seguridad escondidos en coches o camiones e incluso a pie, bajo las túnicas de un adulto. Es el caso de Omar. Se refugió tras la figura de un hombre robusto. “Cuando se dieron cuenta en la frontera, eché a correr. No me cogieron”, explica y sonríe con su dentadura mellada.

    Una vez en Melilla, tan sólo existe un objetivo: llegar a la península escondidos en el interior de las bateas (remolques de carga) de los barcos que cada noche cruzan el Mediterráneo. “El preferido es el Peregar”, asegura Gerardo Rodríguez, guardia civil encargado de vigilar cada noche el puerto de Melilla. “Les gusta porque es de carga y correo, mucho mejor que los de pasajeros, donde es fácil que puedan ser descubiertos”. Gerardo no patrulla solo. Le acompañan Tango y Sirito, los dos perros adiestrados para encontrar personas, sin importar donde estén escondidos. Son el terror de los inmigrantes irregulares. Y no es para menos. Hasta la fecha, gracias a ellos 266 personas han sido localizadas ocultas en los barcos del puerto de Melilla. Aun así, llegar a la zona de carga no es fácil. Primero tienen que atravesar la barrera de siete metros que separa la ciudad autónoma de Melilla del puerto pesquero y deportivo. Ojo. Sin que nadie les vea. Omar lleva cuatro meses en Melilla. Salta todas las noches, pero tan sólo un par de veces ha logrado esconderse sin éxito en el interior de alguna batea. Es la tercera vez que llega a Melilla para saltar a la Península, dos veces consiguió pasar a través del Puerto. “Lo conseguiré una vez más”, dice. No es el único. Noradin tiene 17 años y acaba de escaparse del centro de acogida en el que ha vivido más de tres meses tutelado por la Consejería de Bienestar Social del Gobierno de Melilla. Los chicos hablan de insultos, de continuas agresiones y vejaciones por parte de los educadores, supuestamente cometidas a puerta cerrada y de las que la prensa nunca sabrá nada a ciencia cierta. Sea verdad o no, lo cierto es que los menores se escapan. Y lo que les espera fuera no es precisamente alentador. Se estima que más de una veintena de chicos viven en las calles de Melilla. No tienen papeles, dinero, ni hogar al que volver. Sólo un objetivo: la península. “Quiero ir a España “, dice Noradín. “Allí hay trabajo, buena gente… en Marruecos no hay nada. Allí todos son pobres”.

    El día a día de estos chicos comienza pasadas las dos de la tarde. Anoche no hubo suerte. La Guardia Civil les cogió nada más saltar la primera de las vallas que separa la ciudad del puerto de mercancías. Monaím consiguió llegar algo más lejos, pero de igual forma, otro agente le descubrió en su escondite tras una inspección rutinaria. “Es como el juego de Tom y Jerry”, dice divertido. “Nosotros somos el ratón, y la Guardia Civil el gato”, ríe mientras da una calada. Quien les observe, pensará que prefieren morir a volver a Marruecos. “Allí un niño no vale nada”, explican, “En Marruecos muere un menor y no pasa nada. Los más pequeños viven en la calle, tienen frío, hambre. No hay otra salida más que huir”. Y lo hacen. Sueñan con un futuro mejor en España. “Pero Melilla no es España”, refunfuña Monaím. “Melilla es la puta Marruecos”. Y lo sabe por experiencia. Como él, muchos chicos pasan años en centros de acogida o en las calles de Melilla. El mayor problema, sin embargo, llega al cumplir los 18. Renovar la tarjeta de residencia es casi imposible y los menores son expulsados de los centros, condenados a vagar por las calles, expuestos a los continuos controles policiales que rigen a esta ciudad con puerto. Es el caso de Omar. Quiere llegar a la península, pero sabe que un solo error puede costarle caro. Es mayor de edad. “Si me coge la policía, volveré a Marruecos”, explica. “Allí no hay nada. No hay trabajo, sólo sufrimiento”. El mismo sufrimiento que invade su día a día en Melilla. La única diferencia es que aquí se permiten soñar desde una cueva llena de basura que han convertido en su refugio provisional. Allí comen y duermen, fuman, se asean  y hablan de lo primero que harán al llegar a España. “Yo buscaré una novia rubia”, dice Monaím, y todos ríen. “Yo mandaré dinero a mi madre, para que compre una casa”, cuenta Noradin. Llegar a la cueva es complicado hasta para el más ágil. Un solo paso en falso puede hacerles caer a las gélidas aguas del Mediterráneo en esta época del año. Hoy ha habido suerte. Han conseguido algunas monedas aparcando coches y han comprado pollo, cebollas y patatas fritas, que cocinan en una vieja cacerola sobre una pequeña fogata. Otros días es peor, y se ven obligados a buscar restos de comida en la basura, o a pedir en la puerta trasera de los restaurantes. A su alrededor, unos cuantos colchones húmedos apilados en la cueva les sirven de catre. Plásticos, botellas, y restos de basura se amontonan a un lado. Todo se lava en el mar. Incluso ellos mismos.  Fuman kifi y ríen. Visten ropa vieja, que han encontrado aquí y allá, o la que les regalan miembros de las organizaciones benéficas. Llevan pantalones raídos y zapatillas polvorientas que de vez en cuando contrastan con alguna sudadera de marca. Por la tarde, hay que prepararse. Esperan que caiga la noche para salir de su escondite y saltar los siete metros que les separan del paraíso. La respiración, agitada. Los músculos, en tensión. Lo han hecho decenas de veces. Sólo hay que esperar el momento adecuado, suplicar por que no les vean los agentes de la Guardia Civil que custodian el puerto, y esperar que Tango y Sirito estén menos avispados que de costumbre. Luego toca esconderse en los contenedores de carga. Y rogar a Alá porque embarque rumbo a la península. Si aún así, todo ha sido inútil, no importa. Porque mañana volverán a saltar. La altura de un edificio de dos plantas. El ancho del Guernica de Picasso. El sueño de cualquier campeón de pértiga. De fondo, siempre el mar.