Quijote

01.jpg02.jpg03.jpg04.jpg05.jpg06.jpg07.jpg08.jpg09.jpg10.jpg11.jpg12.jpg13.jpg14.jpg15.jpg16.jpg17.jpg18.jpg19.jpg20.jpg

El Descanso del Quijote

La noche está cerrada, dicen las abuelas.

Dentro de las casas huele a brasa. Se oye el chisporroteo del pequeño fuego en el salón. Arrímate al ascua. Se está más caliente. En invierno las sillas y sillones dejan su sitio para colocarse junto a la chimenea. Incluso a veces, el fuego sirve de cocinilla improvisada para asar unas buenas chuletas, patatas o boniatos, cuando comienza a llegar el frío. Cuando el campo abandona el verde para teñirse de marrón, y de ocre, y de amarillo, y de violeta en los campos de la rosa. Cuando ha pasado la feria, y Manolo se abotona un poco el cuello de la chaqueta, y hay que poner una manta en la cama. La de lana no, todavía es pronto.

El otoño es siempre tiempo de cazadores, es tiempo de gazpachos con liebre. Es tiempo de huesos de santo. Este año los hacen también con chocolate. Los más pequeños estrenan zapatos, y mochilas, y vuelve el cole. Algunos, los más afortunados, pueden ir andando, de la mano de sus madres, o solos, que ya son mayores. El resto, madruga un poco más. Se despiertan de noche. Hace frío, la casa ha perdido el calor mientras dormían, y se toman la leche hirviendo. Esa que mamá ha metido en el microondas aunque a la abuela le guste más calentarla en el cazo. Después, bufandas que sólo dejan ver naricillas rojas durante el camino. Ojitos de sueño. Abrigos gruesos, manoplas. Más tarde, ya en el autobús, el vaho del cristal no deja ver cómo amanece en el campo. Es tiempo de dibujar corazones.

Los mismos corazones dibuja una chica en la ventanilla de un vagón de tren. Es domingo por la mañana. Vuelve a casa. Fuera, los rayos de sol iluminan viñas, olivos y almendros a su paso. No ha llegado todavía cuando ya la esperan. Es Trapo, el galgo abandonado, que la recibe con un buen montón de lametazos. Sobre la mesa de la cocina descansa una buena colección de botes. Huelen a sopa recién hecha, a guisado de carne, a rollos de anís cubiertos con un par de servilletas. Come hija, come, que desde que estás en la ciudad te estás quedando muy delgada. Y luego ve a ver a tu padre, que está en la nave.

La nave es amplia y siempre fría, aunque fuera brille el sol. Huele a leña mojada, la que se estropeó aquel invierno, y en el suelo todavía quedan restos de uva de la vendimia. La llevamos a la cooperativa. Nos darán dos duros. El año que viene no la recojo. Eso dijiste el año pasado.

En la nave se guarda el remolque. Y también se almuerza. Bocadillo de chorizo, del que seca la Tomasa. Hay que partirlo con una buena navaja. Queso del Juanito, que es pastor como su padre y su abuelo, aunque ahora su hijo vaya a ser ingeniero. Se va casar, dicen las vecinas. Se oye en los corrillos. Con una del pueblo de al lao. Se lo dijo su madre a la Elio, mientras hacía la escalera. Será en primavera.

Primavera… Se acaban las tardes de tele y café con leche. Fin de la costura. Guarda el bordador hasta el año que viene. Deja también la bufanda. Pero no guardes el abrigo. Hasta el cuarenta de mayo…

En la iglesia redoblan las campañas. Es día de comuniones. Antes éramos veinte o treinta. Ahora tan sólo cuatro o cinco chiquillos de ojos vivarachos estrenan traje y vestido. Hoy toca pastel. Se estrenan bicicletas. Ellos quieren ser Quijotes. Ellas, Dulcineas. Las chimeneas todavía escupen los últimos humos del frío cuando llegan las primeras caídas. ¿Qué te ha pasado? Nada, es sólo un esguince. ¿Volverás el fin de semana que viene? Y al otro, y al otro… y así hasta va llegando el verano. Y los pueblos se llenan de vida. Y los fruteros de melocotones. Saca el melón. No, que es de noche. Y las noches se acortan y los días, se alargan. Llegan las verbenas, las miradas en el río. Las fiestas de agosto. Quedamos en la plaza. El primer beso. El primer cigarrillo. Mañana es el encierro. Te acompaño a tu casa. Bueno, pero que no te vea mi padre. Pantalones cortos, zapatillas blancas. Chaquetas de punto, porque a la noche, refresca. El chato sabe mejor en el bar. Pepe, no seas tacaño, y saca también unas olivas. Tengo tajás de tocino que ha frito la Mari. ¿Te pongo una? El día del Santo hay que madrugar para ir a la iglesia. Échate colonia. De esa no, tengo otra más fresca. Dentro de la iglesia hace frío y huele a incienso y a vela quemada. Como en Semana Santa. Domingo de ramos. ¿Qué estrenas tú? Recógete pronto, que es jueves. Jueves, noche de silencio, de túnicas negras, de dolor. Suena un tambor. Se arrastra una cadena. Mira, ése va descalzo. Y al llegar a casa, rollos fritos. Y para desayunar, torrijas. No comas carne. Hoy, potaje con bacalao. ¿Por qué? ¿Estamos en adviento? No, eso es en Navidad.

Navidad… Las luces de colores brillan en la plaza. En las cocinas huele a mazapán y a panecillos dulces. En la sala de estar reluce el espumillón y las bolas de colores. Hay teatro en la casa de la cultura. Prepara, que vienen todos a cenar. ¿Traes vacaciones? Sí, una semana. En una ciudad no muy lejos de allí, una chica no tiene pueblo al que volver. Cuando era pequeña solía pedir a su padre que le comprara un pueblo. Era en aquella época en la que los padres eran capaces de conseguirlo todo. O casi. En la calle suenan villancicos y un Papá Noel impostor agita una campanilla mientras nos invita a pasar a una tienda de electrodomésticos. Tras los escaparates, decenas de juguetes. Paquetes envueltos en papel brillante. En aquel de allá, un nacimiento. Jesús, María, José, la mula y el buey. Y los reyes. Dos niñas cuchichean. Son primas. ¿Tú qué les has pedido? Yo, un carrito de muñecas. ¡Pero de mellizas, eh! A la derecha, un puesto de turrón y fruta escarchada. Adela la ha preparado esta misma mañana. Se frota las manos y observa cómo el vaho sale por su nariz, como si de humo de tratara.

Y empieza a nevar. Las niñas dan saltitos de alegría. ¡Haremos un muñeco de nieve! No cuajará, les dice el abuelo.

El invierno es largo y frío en la tierra de Don Quijote.

 

 

María García Vidal

Noviembre 2010